La grapamiel me calienta las venas y la llama de la vela danza contra el teclado, sombras chinescas se proyectan sobre la pared y la música… la música llueve en grandes gotas inundando la cloaca.
La noche perfecta para escribir, con mis deditos ejercitándose sobre el piano, pero mi mente se quiere apagar y mi cuerpo te quiere abrazar, quemándote con movimientos ensallados en la soledad que tu ausencia deja sobre la mesa.
El payaso se mezcla con el hombre y bebo un cócktel profundo fácil de tragar. Una mentira que ahora es verdad y que cuando menos los deseo más me sienten.
Otro trago, pienso en tomarme otro trago y sentirlo caliente bajando por la garganta, húmedo y resbaloso como los juegos de tiranos que solíamos jugar. Recuerdo las conquistas, ja, la conquista de Francia cabalgando un caballo de pelo negro, pero nada se compara con tu pasión y su devoción. Un niño goloso que me come toda y juega con el destino.
Como siempre digo que no tengo una bola de cristal, intento leer con la lengua los páramos redondos, los amigos sensibles y los desiertos de los nadadores, que sólo me confunden.
¿Y si un día publicara la lista? Sería muy larga y ya me desgarró no recordar, el velo del tiempo es espeso y los pecados son las excepciones que confirman a la virgen de cabellera ciruela como su manto.