Tus ojos son legalmente verdes.
Tus ojos son del color del tiempo.
Tus ojos son rojos irritante.
Tus ojos son negro cocaína.
Tus ojos no son celestes desde que dejamos de hacer shipspotting aquel día perfecto,
que se refleja infitamente en tatuajes escritos en la piel
que brillan como cuando Super Mario salta y agarra esas cositas redondas
que la interferencia muestra en la pantalla de la televisión de la habitación de arriba.
Cuando no hay testigos le echamos más alcohol a la fogata
y barremos la evidencia debajo de la alfombra,
sobre la que te revolcaste el día que los aninales maníacos dejaron de decir “Hola, enfermeeera”.
Me intoxiqué con demasiadas copas de lágrimas uva dorada sin espuma saladas
y no pude dejar ir tu recuerdo.
Aunque ahora sólo te uso para reemplazar a la muñeca
los dedos siguen buscando el tribal vampiresco del crepúsculo.